La mentira inmanente
Un servidor, que es humilde y de gustos vulgares, se entretiene a ratos con las simplezas del alma humana que revelan su compleja condición. Dentro de este vicio puedo encuadrar el contradictorio placer que me provoca el excitar los tabúes que yo no comparto. Esto viene a colación de una breve anécdota que me acontenció al llevar una impresora láser a una consulta.
- Buenas tardes, ¿está Francisco? Le traigo esto - señalando con un gesto el bulto evidente que se nos interponía.
- ¿Te refieres al doctor Pérez Varela? - dijo la enfermera interrumpiendo los gritos desairados de sus cejas que me recriminaban, arqueándose, mi ignominia.
- No lo sé - dije, francamente, desconozo si los clientes de un dentista suelen dar la dirección de la consulta para recibir según que paquetes.
- Sí, pasa, déjalo ahí.
- Bueno, si Francisco tiene algún problema instalándola que nos llame.
- Se lo diré al doctor y si hay algún problema ya os llamo yo.
Los apellidos son ficticios, no fui capaz de recordarlos, ni siquiera él los mentó al dejar la dirección, pero la buena de la enfermera me hizo una gran demostración de lo que Sartre llamó mala fe en El ser y la nada (autoengaño, en román paladino) y, ¡qué coño!, me hizo pasar un buen rato.
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